«Nos queremos. No estamos mal. Apenas discutimos. Pero… no sé. Es como si estuviéramos desconectados».
Esta sensación aparece en muchas parejas. No ha ocurrido necesariamente nada grave. No hay una gran crisis que puedas señalar con el dedo. Seguís funcionando, organizando la casa, llevando a los niños de un sitio para otro, haciendo la compra, pagando facturas.
Pero algo ha cambiado.
Os cruzáis más de lo que os encontráis.
Y quizá un día aparece una frase que duele un poco reconocer:
«Parecemos compañeros de piso».
La desconexión emocional en pareja no significa necesariamente que se haya acabado el amor. Pero tampoco conviene acostumbrarse a ella.
Porque una cosa es convivir bien y otra muy distinta sentirse conectados.
Cuando la vida se come a la pareja
Hay etapas especialmente exigentes para una relación.
La crianza es una de ellas.
Tú llevas a uno. Yo recojo al otro. ¿Has comprado esto? Acuérdate de llamar al pediatra. Mañana tengo reunión. ¿Quién hace la cena?
Llegáis al final del día y prácticamente caéis en la cama.
Hay muchísimo cuidado, muchísima responsabilidad y muchísima logística. Pero puede quedar muy poco espacio para la conexión.
Y esto no significa que no queramos a nuestra pareja.
Significa que la vida nos ha comido.
A veces esperamos que los momentos de pareja aparezcan espontáneamente, como aparecían al principio. Pero en determinadas etapas hay que buscarlos casi a cañón. Sí: incluso meterlos en la agenda.
Porque si esperamos a que sobre tiempo, probablemente no sobre nunca.
Y un día los hijos crecen… y nos encontramos con un desconocido
Existe también otro momento especialmente delicado.
Parejas que llevan veinte, veinticinco o treinta años juntas. Los hijos crecen, empiezan a hacer su vida y desaparece buena parte de esa estructura alrededor de la cual se había organizado la pareja durante años.
Y entonces toca volver a mirarse.
El problema es que quizá ya no somos aquellas dos personas que empezaron la relación.
Durante todos esos años hemos evolucionado. Y no necesariamente a la misma velocidad ni en la misma dirección.
Han aparecido proyectos personales diferentes, nuevos intereses, inquietudes, necesidades.
A veces uno de los dos ha seguido buscando, creciendo y haciéndose preguntas mientras el otro se ha acomodado en la relación. No porque sea peor persona, sino porque quizá ha dado por hecho que aquello iba a estar siempre ahí.
Y de repente aparecen dos personas preguntándose:
¿Quién eres tú ahora?
Y, todavía más importante:
¿Quiénes somos nosotros ahora?
Convivir bien no es lo mismo que estar conectados
Esto me parece especialmente importante.
Hay parejas que me dicen:
«Pero si nosotros estamos bien. No discutimos».
Y no discutir no significa necesariamente estar bien.
Hay personas alérgicas al conflicto que han aprendido precisamente a no discutir: cada uno hace lo suyo, se molestan poco, mantienen una convivencia educada y evitan determinados temas.
Todo funciona.
Pero apenas se miran.
No saben demasiado de lo que le está pasando al otro.
No preguntan.
No sienten curiosidad.
Eso puede ser una convivencia estupenda. Pero no necesariamente es conexión.
Para mí, la conexión está también en algo mucho más pequeño.
En seguir buscando esa mano.
Estáis sentados juntos y, casi sin pensarlo, uno busca la mano del otro.
En una mirada.
En querer contarle algo.
En preguntarte qué le está pasando y tener verdadero interés por escuchar la respuesta.
Y esa conexión ni siquiera depende de compartir físicamente un espacio. Podemos viajar por separado, pasar unos días lejos o tener proyectos propios y continuar sintiéndonos profundamente conectados.
Porque conexión no significa estar permanentemente juntos.
Significa seguir encontrándonos.
Tengo una pequeña manía: observar parejas en los bares
Me encanta observar a la gente.
Y las parejas en los bares me resultan especialmente interesantes.
Hay veces que ves a dos personas sentadas frente a frente y los dos están mirando el móvil.
Quizá han organizado esa salida porque «tenemos que hacer algo juntos», pero están allí sin estar realmente allí.
No hay apenas conversación.
No hay mirada.
Y para mí la mirada dice muchísimo.
Se nota cuando alguien mira a su pareja con dulzura. Con ternura. Con curiosidad.
Y también se nota cuando esa mirada ha desaparecido.
Cuando miro el móvil.
Cuando rebufo.
Cuando apenas contesto.
Cuando dejo de preguntarte porque creo que ya sé todo lo que vas a decir.
Estar al lado de alguien y sentir que ya no te ve puede generar un enorme sentimiento de soledad.
Y posiblemente una de las experiencias más dolorosas dentro de una relación sea precisamente esa:
Sentirse solo estando acompañado.
Entonces, ¿cómo sabemos si nos estamos desconectando?
No existe una lista que determine automáticamente que una pareja está desconectada. Pero sí podemos observar qué está ocurriendo entre nosotros.
Quizá nuestras conversaciones se han convertido exclusivamente en logística.
Quizá hemos dejado de tocarnos de manera espontánea.
Ya no buscamos la mirada.
Hemos dejado de contarnos cosas porque pensamos: «Ya se lo contaré». Y nunca llega ese momento.
Tenemos pocos espacios compartidos que no estén relacionados con obligaciones.
O incluso hacemos planes juntos, pero sentimos que seguimos estando lejos.
A veces también disminuye el deseo sexual. No necesariamente porque haya dejado de existir atracción, sino porque la intimidad y la conexión de la pareja han cambiado.
De esto hablo con más profundidad en «Te quiero, pero no te deseo», porque el deseo merece su propio espacio y no siempre funciona como esperamos.
Pero aquí quiero quedarme un paso antes.
En la conexión.
Una pregunta que puede abrir una conversación diferente
Si estás leyendo esto y reconoces algo de vuestra relación, no empezaría con:
«Tenemos que hablar».
Y mucho menos con:
«Tú ya no haces…».
Probaría algo diferente.
Buscaría un momento tranquilo y preguntaría:
¿Qué echas de menos de nosotros?
Y después intentaría escuchar.
Sin preparar la defensa mientras habla la otra persona.
Sin explicar inmediatamente por qué no tiene razón.
Sin convertirlo en una lista de culpables.
Simplemente escuchar.
Y después podéis haceros otras preguntas:
¿Qué fue aquello que me enamoró de ti?
¿Qué cosas hacíamos —o hacemos todavía— que nos hacen sentir especialmente conectados?
¿Qué necesitaríamos recuperar o construir ahora?
Me interesa especialmente esta última parte porque una pareja no tiene que volver necesariamente a ser la que era hace quince años.
Probablemente no pueda.
Las personas que forman esa pareja tampoco son las mismas.
La pregunta puede ser otra:
¿Qué relación queremos construir con quienes somos hoy?
Recuperar el mito de nuestra relación
En el trabajo con parejas me gusta explorar algo que podemos llamar el mito de la relación.
Nuestra historia.
¿Qué fue lo que nos unió?
¿Qué me fascinó de ti?
¿Qué hacíamos juntos?
¿Qué proyecto imaginábamos?
¿Qué tenía nuestra relación que nos hacía reconocernos como «nosotros»?
No se trata de vivir mirando hacia atrás ni de intentar reconstruir artificialmente el enamoramiento de los primeros meses.
Se trata de recordar dónde nació ese vínculo y preguntarnos qué queda hoy de aquello y qué necesita transformarse.
Porque las relaciones también necesitan actualizarse.
En «¿Quieres ser una pareja 2.0?» hablo precisamente de esto: no podemos pretender que una relación continúe funcionando durante décadas sin revisar sus acuerdos, necesidades y maneras de encontrarse.
Reconectar no significa hacer grandes planes
A veces pensamos que para recuperar una relación necesitamos un viaje, un fin de semana romántico o una cena espectacular.
Puede estar genial.
Pero quizá antes necesitamos algo bastante más pequeño.
Dejar el teléfono a un lado.
Mirarnos.
Buscar esa mano.
Preguntar «¿cómo estás?» y esperar realmente la respuesta.
Recuperar una conversación que no sea sobre los niños, el trabajo, la compra o quién pone mañana la lavadora.
Volver a sentir curiosidad.
Porque quizás uno de los mayores enemigos de una relación larga sea creer que ya conocemos completamente a la persona que tenemos delante.
La desconexión es información
Sentir que estáis desconectados no significa automáticamente que vuestra relación se haya terminado.
Pero tampoco significa que haya que mirar hacia otro lado.
La desconexión es información.
Nos está diciendo que algo necesita atención.
A veces será posible recuperar el vínculo, reencontrarse y construir una relación diferente, más acorde con quienes sois ahora.
Otras veces, al mirar de verdad lo que está ocurriendo, quizá descubramos que nuestros caminos se han separado.
Y también necesitaremos poder hablar de ello.
El acompañamiento de pareja puede ofrecer precisamente ese espacio: parar, salir de la logística y observar qué está ocurriendo entre vosotros.
No para decidir quién tiene razón.
Sino para volver a escucharos, entender qué os ha ido alejando y explorar si existe un lugar desde el que volver a encontraros.
O, si no lo hay, poder tomar decisiones desde un lugar más consciente.
Porque quizá la pregunta no sea solamente:
«¿Todavía nos queremos?»
Quizá también tengamos que preguntarnos:
«¿Seguimos queriendo construir algo juntos?»
¿Sentís que os habéis ido alejando?
A veces necesitamos un espacio para detenernos, escucharnos y comprender qué nos está pasando.
En mis sesiones de acompañamiento de pareja, presenciales en A Coruña u online, podemos explorar qué está ocurriendo en vuestra relación y qué posibilidades tenéis para seguir construyendo vuestro camino.
Podéis reservar una primera llamada gratuita de 15 minutos para conocernos y valorar si puedo acompañaros.
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