Hay parejas que llevan años discutiendo por las mismas cosas. Cambian las palabras, los días e incluso los escenarios, pero la sensación al terminar es idéntica: otra vez estamos aquí. ¿Por qué nos ocurre y qué podemos hacer de forma diferente?
Otra vez el fregadero. ¿En serio?
Os voy a contar algo que ocurre en mi casa.
A mi pareja le pone de los nervios que deje algo en el fregadero sin meter en el lavavajillas.
Y a mí me saca de quicio que, si algo ya está fregado, no lo guarde en su sitio.
¡Menudo drama doméstico!
Visto desde fuera, podríamos pensar que la solución es bastante sencilla: meter las cosas en el lavavajillas y guardar lo que está limpio.
Pero ¿por qué algo tan pequeño puede acabar generando tanta irritación?
Porque muchas veces no estamos discutiendo solamente por lo que ha ocurrido, sino por lo que eso significa para cada persona.
Quizá una siente que siempre tiene que estar pendiente de todo. Quizá la otra siente que haga lo que haga nunca es suficiente. O quizá tenemos formas diferentes de entender el orden y la convivencia.
Y ahí empieza algo interesante.
La discusión deja de ser sobre un vaso en el fregadero y empieza a ser sobre cómo nos sentimos en la relación.
¿Por qué repetimos las mismas discusiones?
Cuando acompaño a parejas, hay algo que aparece con frecuencia: la frustración compartida de estar atrapadas en una conversación que parece no tener salida.
Una persona dice algo, la otra responde, alguien se defiende, alguien insiste… y terminamos exactamente donde empezamos.
Muchas veces cada persona está esperando que la otra cambie.
«Si dejase de hacer eso, no discutiríamos».
«Si no me lo dijese de esa manera, yo no reaccionaría así».
Y puede que ambas tengan parte de razón.
Pero mientras toda nuestra atención esté puesta en lo que la otra persona debería hacer, resulta difícil observar qué estamos haciendo nosotras y qué está ocurriendo entre ambas.
Desde el Trabajo de Procesos, una de las cosas que me interesa explorar es precisamente eso: no solo el contenido de la discusión, sino también las emociones, los roles, las señales corporales y las dinámicas que aparecen.
Porque a veces repetimos una discusión no porque no hayamos hablado suficiente, sino porque seguimos hablando desde el mismo lugar.
Y conviene añadir algo: no todas las responsabilidades son iguales. Si una persona soporta sistemáticamente toda la carga doméstica, por ejemplo, no estamos simplemente ante dos formas diferentes de comunicarse. También hay una desigualdad concreta que necesita cambiar.
¿Y si la discusión estuviera intentando mostrarnos algo?
Desde el Trabajo de Procesos entendemos que los conflictos no son solamente problemas que tenemos que resolver. También pueden ser oportunidades para descubrir algo que todavía no estamos viendo.
Cuando una discusión se repite, me interesa observar qué ocurre entre las dos personas, pero también qué le pasa a cada una.
Por ejemplo, volvamos al fregadero.
Quizá una persona necesita orden y siente que no se la tiene en cuenta. La otra necesita sentirse libre, sin que le estén diciendo continuamente cómo tiene que hacer las cosas.
Y ahí tenemos dos necesidades que parecen enfrentadas.
Una insiste, la otra se defiende. Cuanto más insiste una, más se resiste la otra. Y cuanto más se resiste, más insiste la primera.
¿Os suena?
Desde esta mirada, nos interesa reconocer los papeles que vamos adoptando en la discusión. Quizá una persona acaba siempre haciendo de quien reclama y la otra de quien se defiende. Y, sin darnos cuenta, nos quedamos atrapados en esos lugares.
Pero ¿qué pasaría si pudiéramos salir por un momento de nuestro papel y mirar la situación desde el lugar de la otra persona?
¿Y si quien reclama pudiera reconocer también su necesidad de controlar algunas cosas? ¿Y si quien se defiende pudiera reconocer que quizá le cuesta aceptar determinadas responsabilidades?
No se trata de repartir culpas ni de asumir que ambas personas tienen la misma responsabilidad.
Se trata de ampliar nuestra mirada.
Porque a veces el cambio empieza cuando dejamos de mirar únicamente lo que hace la otra persona y empezamos a sentir curiosidad por lo que está ocurriendo entre nosotros y dentro de cada uno.
Y eso es algo que trabajamos en el acompañamiento: aprender a reconocer esas dinámicas, comprender qué las mantiene y descubrir nuevas posibilidades para relacionarnos.
El problema de los «siempre», «nunca» y «jamás»
Hay palabras que aparecen con mucha facilidad cuando estamos frustrados:
-
«Es que nunca recoges nada».
-
«Siempre tengo que estar detrás de ti».
-
«Jamás me escuchas».
-
«Todo te parece mal».
¿Te suenan?
El problema es que estas expresiones generalizan y pueden hacer que la otra persona se ponga a la defensiva.
En lugar de escuchar lo que nos molesta, empieza a buscar excepciones.
«Eso no es verdad. Ayer recogí la cocina».
Y ya estamos discutiendo sobre si fue ayer, anteayer o el martes pasado.
Hemos perdido de vista lo importante.
Una alternativa es hablar de hechos concretos y de cómo nos afectan.
En lugar de:
«Nunca recoges nada».
Podríamos probar con:
«Hoy he llegado a casa, he visto varias cosas pendientes de recoger y me he sentido sobrecargada. Me gustaría que revisásemos cómo nos repartimos estas tareas».
No garantiza que la otra persona vaya a estar de acuerdo, pero permite empezar una conversación diferente.
¿Estamos haciendo una petición o dando una orden?
Otra cosa que ocurre cuando llevamos tiempo frustrados es que dejamos de pedir y empezamos a ordenar.
«No dejes eso ahí».
«No hagas siempre lo mismo».
«Deja de comportarte así».
A veces esperamos que la otra persona adivine exactamente qué queremos.
Pero decir lo que no queremos no siempre ayuda a comprender qué necesitamos.
Podemos probar a transformar una prohibición o un reproche en una petición clara.
Por ejemplo:
En lugar de «No dejes los platos por ahí», decir «¿Puedes meter los platos en el lavavajillas cuando termines de comer?».
En lugar de «Nunca tenemos tiempo para nosotros», probar con «Me gustaría que reservásemos un rato esta semana para estar juntos sin pantallas».
Y aquí hay un matiz importante: pedir no significa renunciar a nuestras necesidades ni tener que pedir eternamente lo mismo.
Si hay acuerdos que se incumplen de forma continuada, quizá lo que necesitamos no es encontrar palabras más amables, sino revisar el compromiso real con esos acuerdos.
Cuando nuestro cuerpo entra en la discusión
¿Te has fijado alguna vez en lo que ocurre en tu cuerpo cuando empiezas a discutir?
Quizá notas que aprietas la mandíbula.
Que respiras más rápido.
Que aumenta el volumen de tu voz.
Que tienes calor en la cara.
O que empiezas a sentir una necesidad enorme de marcharte de allí.
Estas señales pueden indicar que estamos entrando en un estado de activación emocional.
Cuando la intensidad aumenta mucho, puede resultarnos más difícil escuchar con curiosidad, comprender lo que la otra persona intenta expresar y responder de manera reflexiva.
Ya no estamos intentando entender.
Estamos intentando defendernos, conseguir que nos den la razón o escapar de una situación que nos desborda.
Y cuanto más insiste una persona, más puede retirarse la otra.
O cuanto más se retira una, más insiste la otra.
Así se construyen algunos de los bucles que vemos en las relaciones.
El cuerpo puede ayudarnos a reconocer que estamos entrando otra vez en ese patrón, antes incluso de que la discusión estalle.
¿Y si dejamos de intentar tener razón?
Esta es una de las preguntas que más me interesan.
¿Qué pasaría si, durante una discusión, dejásemos por un momento de intentar demostrar que tenemos razón?
No significa renunciar a nuestra opinión.
Ni aceptar algo con lo que no estamos de acuerdo.
Significa hacer espacio para preguntarnos:
«¿Qué estará viviendo la otra persona que yo no estoy pudiendo escuchar?»
Y también:
«¿Qué me está pasando a mí para que esto me resulte tan difícil?»
A veces escuchar de verdad es incómodo.
Porque quizá descubrimos que hay algo que no habíamos tenido en cuenta.
O que nuestra forma de reaccionar también contribuye a mantener la dinámica.
O que necesitamos hacer cambios que nos cuestan.
Pero comprender la experiencia de la otra persona no significa darle la razón en todo.
Podemos reconocer lo que alguien siente sin estar de acuerdo con su interpretación de los hechos.
Y eso puede abrir una puerta.
Cinco pasos para empezar a salir del bucle
No existen frases mágicas que resuelvan todos los conflictos. Pero sí podemos entrenar maneras diferentes de abordarlos.
1. Reconoce que estás entrando en una discusión conocida
Antes de responder automáticamente, pregúntate:
«¿Esto ya nos ha pasado antes?».
«¿Qué suelo hacer yo cuando empieza?».
«¿Qué ocurre después?».
Darte cuenta del patrón es un primer paso para no repetirlo sin cuestionarlo.
2. Presta atención a tu cuerpo
Observa si estás apretando los dientes, elevando la voz, conteniendo la respiración o sintiendo ganas de huir.
No necesitas eliminar esas sensaciones.
Simplemente reconocerlas.
A veces ese pequeño momento de conciencia nos permite elegir cómo responder.
3. Identifica qué emoción y qué necesidad hay detrás
Quizá estás enfadada, pero debajo hay cansancio.
Quizá sientes frustración porque necesitas colaboración.
O quizá lo que te duele es sentir que tu opinión no cuenta.
Pregúntate:
«¿Qué es lo que realmente me está molestando?».
«¿Qué necesito que la otra persona comprenda?».
4. Expresa una petición concreta
Intenta hablar de lo que ha ocurrido, de cómo te afecta y de qué cambio propones.
No se trata de utilizar una fórmula perfecta, sino de hacer más comprensible lo que necesitas.
Y recuerda que una petición también necesita espacio para escuchar la respuesta.
5. Si la discusión se desborda, acordad una pausa
No todas las conversaciones pueden resolverse en el momento.
Si estáis demasiado activados, podéis decir:
«Ahora mismo me cuesta escucharte y siento que estamos entrando otra vez en lo mismo. Necesito parar un rato. ¿Podemos retomarlo después de cenar?».
La clave es que la pausa no se convierta en una manera de evitar indefinidamente la conversación.
Parar puede ser una forma de cuidar la relación, siempre que exista el compromiso de volver a hablar.
Un pequeño ejercicio para hacer en pareja
Os propongo algo sencillo.
Elegid una de esas discusiones que aparecen una y otra vez. Mejor empezar por una que no sea especialmente intensa.
Cada persona puede reflexionar por separado sobre estas cuatro preguntas:
-
¿Qué ocurre habitualmente justo antes de que empecemos a discutir?
-
¿Qué hago yo cuando empieza la discusión?
-
¿Qué emoción aparece y qué necesito realmente?
-
¿Qué podría hacer de forma diferente la próxima vez?
Después, si ambas personas os sentís cómodas, compartid vuestras respuestas.
Una habla y la otra escucha, intentando comprender antes de responder.
No se trata de decidir quién tiene razón.
Se trata de empezar a reconocer el patrón que construís entre ambas personas y explorar qué posibilidades de cambio existen.
Y si descubrís que una de las dos está asumiendo una responsabilidad injusta o desproporcionada, incorporad también acuerdos concretos para modificar esa situación.
¿Y si lo intentamos, pero seguimos discutiendo igual?
Hay ocasiones en las que sabemos perfectamente lo que nos pasa, pero no conseguimos actuar de otra manera.
Reconocemos el patrón.
Sabemos cómo empieza.
Incluso podemos anticipar cómo terminará.
Y, aun así, volvemos a repetirlo.
No significa necesariamente que la relación esté rota ni que no exista cariño.
A veces, detrás de estas discusiones también aparece una sensación de distancia emocional. Si os ocurre, quizá os interese leer mi artículo «Nos queremos, pero nos sentimos desconectados: ¿qué nos está pasando?».
Puede significar que necesitáis un espacio diferente para observar lo que está ocurriendo, comprender las dinámicas que se repiten y explorar nuevas maneras de relacionaros.
El acompañamiento de pareja puede ofrecer ese espacio cuando existe disposición a revisar la relación y trabajar sobre ella.
Eso sí, cuando hay miedo, amenazas, control, coacción o violencia, no estamos simplemente ante un problema de comunicación compartido. En esas situaciones es importante priorizar la seguridad y buscar apoyo especializado.
No se trata de no discutir nunca
Me gustaría terminar con una idea.
Una relación respetuosa no es aquella en la que nunca hay desacuerdos.
Es aquella en la que podemos aprender a reconocer nuestras diferencias, expresar nuestras necesidades, escuchar sin tener que estar siempre de acuerdo y responsabilizarnos de nuestras propias acciones.
A veces seguiremos dejando un vaso en el fregadero.
O una taza fuera del armario.
Pero quizá podamos empezar a hablar de ello de una manera que no nos lleve siempre al mismo lugar.
Porque no siempre podemos evitar los conflictos, pero sí podemos aprender a vivirlos de otra manera.
Y eso también forma parte de construir relaciones más conscientes y respetuosas.
¿Os reconocéis en estas discusiones que se repiten?
Soy Susana Castro y acompaño a personas y parejas desde el Trabajo de Procesos, creando espacios para comprender lo que ocurre en sus relaciones y explorar nuevas formas de comunicarse y afrontar los conflictos.
Ofrezco acompañamiento de pareja en A Coruña y online.
Si sentís que estáis atrapados en las mismas discusiones y os gustaría explorar qué está pasando, podéis escribirme por WhatsApp para conocer cómo trabajo y valorar si este acompañamiento encaja con vuestra situación.
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